14/9/09

DE CÓMO EL MONODRILOFANTE APRENDIÓ A BAILAR


DE CÓMO EL MONODRILOFANTE APRENDIÓ A BAILAR DANZA ORIENTAL (...)

Cuando el monodrilofante se despertó, el avestruz le estaba mirando fijamente con el pico casi pegado a su cara.
—Chico, ¿sabías que cantas mientras duermes? No he pegado ojo en toda la noche para no perderme el conciertazo —exclamó entusiasmada Liliana.
—¿Que canto? —añadió sorprendido el monodrilofante mientras se estiraba, bostezaba y de un salto se incorporaba sobre sus patas traseras.
—Sí. Incluso hiciste un par de solos de trompa que me pusieron la carne de gallina —añadió el avestruz.
—¿Y qué vamos a hacer hoy? —preguntó el monodrilofante aún medio dormido.
—Hoy te enseñaré a bailar, aunque debes saber que no a todo el mundo le gusta el baile —le aclaró Liliana—. Por ejemplo, están los monos, que hacen extrañas danzas en el aire, o las jirafas, que enroscan sus largos cuellos para bailar. Pero luego está el rinoceronte, ¡qué cosa tan patosa!, es imposible enseñarle un paso de baile, y qué voy a decir del hipopótamo, aunque, bien pensado, en el agua se mueve como un pez. Y el león, qué elegancia, ese sí que es un buen bailarín, aunque nadie como mi tatarabuelo Rufus para poner la selva patas arriba con sus bailes de medianoche, porque aunque no te lo creas...
—Me estás aturullando la cabeza —la interrumpió el monodrilofante—. ¿Podrías callarte un momentito?
—¡Oh! ¡Ja, ja, ja! Perdona —se disculpó el avestruz—. Ya me volvía a emocionar hablando. No me dejes hablar de mi familia o estamos perdidos —añadió el avestruz Liliana dando un golpe amistoso de ala al monodrilofante.
A continuación los dos se encaminaron hacia la orilla del río.
—A ver, para aprender a bailar danza oriental, como todo en la vida, la regla de oro es concentración —explicó el avestruz—. Acuérdate de la carrera. Ahora cierra los ojos y repite conmigo. Bailo de noche y de día, ablablí ablablá.
—Bailo de noche y de día, ablablí ablablá –repitió el monodrilofante.
—Giro siguiendo la melodía, lailalí lailalá —continuó el avestruz.
—Giro siguiendo la melodía, lailalí lailalá —volvió a repetir muy concentrado el monodrilofante.
—El mundo está lleno de maravillas, trilalí trilalá —añadió el avestruz.
—El mundo está lleno de maravillas, trilitralá –imitó el monodrilofante.
—No, trilitralá no. Trilalí trilalá —le corrigió el avestruz.
—Y qué más da —se quejó el monodrilofante—. Me confundes con tanto trabalenguas. Qué importa que diga trilitralá. Al fin y al cabo también rima.
—Un discípulo jamás cuestiona a su maestro en su primera clase —le regañó muy digna el avestruz Liliana.
—¡Ay! —suspiró el monodrilofante—. Está bien, trilalí trilalá, trilalí trilalá. ¿Contenta?
—Ahora, cuando yo lo diga, abre los ojos y fíjate bien en lo que hago.

(continúa...)

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